Fiesta en La Habana entre ruinas, baches y lomas de basura

El pasado fin de semana varias calles en el barrio de Jesús María acogieron inusitadas fiestas populares. Ollas de caldosa, ron y karaokes tenían la misión de fomentar la unidad entre los vecinos y alegrar un poco el ambiente, todo con el propósito de incorporar los barrios marginales a las celebraciones por el aniversario 500 de la villa de San Cristóbal de La Habana; jornada que se extenderá, según publicó el diario oficialista Juventud Rebelde, desde noviembre de 2018 hasta diciembre de 2019.

Por orden del gobierno se cerraron varias cuadras, afectando el tráfico vehicular; mientras los borrachines y holgazanes ocupaban lugar en los quicios, a la espera del rancho gratuito. Irónicamente, es el barrio de Jesús María uno de los más críticos en cuanto a abastecimiento de agua y precariedad del fondo habitacional. Los vecinos más viejos no recuerdan que el gobierno haya hecho inversiones para mejorar la calidad de vida de su población, salvo la sustitución de las tuberías de gas.

La calle Factoría, entre las elegidas para esta comedia, mostraba cicatrices acumuladas durante más de veinte años sin recibir asfalto. Edificios centenarios que nunca han sido restaurados, presenciaban el absurdo con sus fachadas abofadas y balcones a punto de desprenderse; y en la intersección con la calle Corrales se extendía el imponente basural adonde no han llegado los esfuerzos del gobierno por sanear la ciudad.

A falta de una gestión exitosa, el mandato de Díaz-Canel se ha concentrado en inyectar una sobredosis de populismo, con el fin de despertar entusiasmo en las comunidades habaneras. La prensa estatal ha precisado que “las acciones por el aniversario 500 abarcan todos los sectores de la economía y la sociedad, al tiempo que pretenden llegar a cada rinconcito de la urbe”.

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Sin embargo, los jugosos planes inversionistas en el sector del Turismo contrastan con esta pobreza feroz que ha conferido a La Habana apariencia de favela, de feria provinciana donde la gente chancletea y vende aves de corral en plena calle.

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A juzgar por las fotos, no hay nada que amerite festejo. Doblemente grotesca se antoja la presencia de los calderos humeantes en el corazón de un barrio olvidado, donde lo poco que se ha construido se debe al esfuerzo de los particulares. De entre todas las tradiciones habaneras, escogieron el patético know how de las fiestas cederistas para agasajar el aniversario de una ciudad fundada siglos antes de que el comunismo lo contaminara todo con su caos social y económico.

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Es de una tristeza aleccionadora ver a este pueblo voluble brindar con caldosa bajo el espeso manto de la ignorancia, mientras varios hoteles se alzan, respingones, en medio de una arquitectura decrépita, y los dueños de Cuba descorchan el champán para felicitarse por el emporio antipopular que están levantando.

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Únicamente la avenida de Prado parece avanzar hacia la gloriosa efeméride, con varios de sus edificios remozados, nuevos o en construcción; desde la Alianza Francesa, los hoteles Grand Packard, Prado y Malecón y Regis, hasta la escuela primaria “Rafael María de Mendive”, única obra de impacto social que se ha rehabilitado, para que el discurso de la educación gratuita le imprima alguna humanidad al capitalismo local.

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Basta colarse por alguna de las callejuelas aledañas para ver que los desechos siguen haciendo lomas en cada esquina. Basta caminar las calles de Monte, Galiano, Reina… y enseguida salen al paso los arroyos fétidos, vomitados por vetustas cañerías albañales que no se reparan por abandono o falta de recursos.

Campañas de higiene, proyectos para resolver la crisis habitacional, delirantes planes de crecimiento económico no podrán reavivar la esperanza de los capitalinos; ni devolver los buenos hábitos a una población que se ha acostumbrado a vivir entre decadencia y mugre, salvo excepciones.

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Siempre habrá gente dispuesta a aprovechar pan y circo, haciéndole juego a la falacia; pero nada puede esconder esta Habana cada día menos maravillosa, aniquilada hasta en la persona de su venerable historiador que hoy elogia la apertura de lujosos hoteles, amparando con su respetada oratoria la codicia y prevaricación de los militares.

Piénsese cuántos habaneros hay en la cúpula del poder, y se verá que no existe fuente originaria de la que surjan el arraigo y sentido de pertenencia imprescindibles para devolverle a esta urbe algo de su perdida prestancia. Cuanto más se esfuerza el gobierno por maquillar el desastre, éste brota con fuerza mayor. La destrucción de la capital cubana ha sido tan sistemática e intencional, que cualquier habanero que se precie de amar su ciudad natal tendría el derecho de llevar su brazo ceñido con una prenda negra en señal de duelo por el ultraje, y de resistencia ante tanta celebración inútil.

Una guerra no habría provocado semejante daño, pues lo peor no es el declive de los inmuebles o las calles sin reparar, sucias y mal iluminadas. Si por azar La Habana amaneciera hermosa y pulcra para su onomástico 500, quedaría aún el peligro de tanta escoria invasiva y dañina, dispuesta a reinstaurar el desorden, la insalubridad, la anarquía… porque no saben vivir de otra manera.

Fuente : cubanet

Con informacion de: cubanew

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