Las ‘mulas’ venezolanas y el mercado cubano

Una mujer recorre un mercado con los estantes vacíos en Venezuela (taringa.net)

Una mujer recorre un mercado con los estantes vacíos en Venezuela (taringa.net)

Una mujer recorre un mercado con los estantes vacíos en Venezuela (taringa.net)

LA HABANA, Cuba.- “Yo pensaba que estábamos muy mal”, me dijo hace unos días mi amiga Juana Esther, veterana buscadora de alimento para su interminable manada de gatos, quien siempre tiene alguna anécdota que contar luego de su diaria expedición a la realidad pura y dura. Esto que cuento es una versión concentrada de su historia.

Mi amiga salía una mañana del agro de Calzada entre Paseo y A, en El Vedado, y se le acercó una mujer treintañera para preguntarle por una tienda donde vendieran, de forma “liberada”, arroz, frijoles y otros productos. Juana Esther le señaló el agro de donde había acabado de salir ella.

“No, ese no, sino el mercado”, replicó la mujer con peculiar acento. Aunque por su apariencia podía pasar por cubana, evidentemente no lo era. Mi amiga cayó entonces en la cuenta de que en el agro todo lo vendían de forma “liberada”, pero, por ejemplo, no vendían arroz, y los precios eran más caros que en un “mercadito”.

Juana Esther le sugirió a la mujer que fuera, por la misma Calzada, hasta el mercado que había entre B y C, donde encontraría lo que estaba buscando, si no muy barato, por lo menos no tan caro como en el agro.

Mi servicial amiga caminó con ella un tramo en dirección al mercado. La mujer, sintiéndose más en confianza, le preguntó entonces por una farmacia y Juana se detuvo y señaló hacia atrás, hacia la farmacia en la esquina de Calzada y Paseo.

“No, acabo de ir a esa”, dijo la mujer. “Bueno”, le dijo Juana, “tienes que caminar un poco, pero hay otra en Novena e I”. Para ser más precisa, le explicó que debía seguir por la misma acera e ir más allá del mercado del que le había hablado y, cuando llegara a la calle I, debía torcer a la derecha y subir una cuadra.

Juana caminó otro tramo con la mujer, que de pronto le confesó que venía de Venezuela, como si así ya quedara explicado todo. Pero, para mi amiga, como para muchos cubanos, si alguien dice que viene de Venezuela, eso no significa que venga de un lugar peor que Cuba.

“Me puse de acuerdo con una cuñada y vinimos a comprar cosas que allá escasean mucho”, dijo la mujer, “como el arroz, los frijoles, el azúcar…” Para ser más demostrativa, le mostró a Juana Esther un estuche de preservativos: “Ni siquiera hay esto. Ya compré unos cuantos, pero voy a comprar más, aunque me da mucha pena”.

“Más pena daría tener un hijo no deseado y no poder venir a comprar cosas acá”, aseguró mi amiga, que a esa altura no salía de su sorpresa y no sabía qué pensar. De hecho, le parecía muy riesgoso ese viaje de avituallamiento. “¿Y si te quitan todo en el aeropuerto?” La venezolana no tenía idea. “No creo que me quiten los medicamentos”, dijo, porque aparte de los preservativos, venía a buscar medicamentos, aunque tuviera que pagar algún dinero por la izquierda en la farmacia.

Habían caminado juntas dos cuadras ya y Juana Esther se detuvo para seguir por su rumbo. La venezolana le dijo que “aquello está malísimo, malísimo, malísimo” y que nunca le había pasado por la cabeza que un día tendría que ir a otro país a buscar comida, preservativos o aspirinas. Mi amiga, antes de irse, le aconsejó que sacara las cosas de las cajas y las esparciera en el equipaje: “Así se notan menos y caben más”.

Se separaron ya cerca del mercado y Juana Esther se quedó pensando. Había olvidado preguntarle a la mujer si no era más fácil ir a Colombia a comprar. ¿O es que sale más fácil y barato venir a Cuba porque ya son millones los venezolanos que van a Colombia a comprar? En fin, ahí fue cuando Juana Esther me dijo que había creído que aquí estábamos muy mal.

Aunque es un asunto demasiado triste, no pude evitar sonreírme. Los que gobiernan Venezuela, discípulos fieles de los gobernantes cubanos, han logrado adelantar su socialismo del siglo XXI a tal paso que están convirtiendo a Cuba —cuyo socialismo parece fracasado e irreformable— en un alivio para muchos venezolanos que viven una escasez acaso más perfecta que la nuestra.

Aun así, los bolivarianos siguen imitando a sus maestros y, sin perjudicarse ellos mismos, reparten lo que el pueblo necesita urgentemente, enviando barcos con ayuda humanitaria para los afectados por el huracán Matthew. No importa que el propio pueblo venezolano precise de una urgente ayuda humanitaria por los estragos de su huracanado socialismo del siglo XXI.

Fuente:cubanet